Un inmenso laboratorio natural

Flora y fauna, tan bellas como diversas, son parte del paisaje habitual de Karukinka.

Erguidos guanacos recorren su costa; se avistan cóndores con muchísima frecuencia, parados en riscos o jugando en las corrientes de aire fueguinas; patos y aves pequeñas revolotean en las aguas de los ríos y lagunas; elefantes marinos capean el calentamiento global descansando sobre gélidos roqueríos; pequeñas y violentas plantas carnívoras brotan entre los musgos de las turberas y cazan insectos con sus pegajosos tentáculos para alimentarse.

Un escenario mágico. Un paisaje idílico. Un edén terrenal. Es un rarísimo privilegio contar con territorios tan vastos tan poco intervenidos, con biodiversidad en estado puro. De hecho, no más de 200 visitantes pisan los suelos de Karukinka en el año.

Todo esto convierte a la reserva en un laboratorio natural gigantesco para ensayar y probar formas innovadoras de conservación para el desarrollo en la Patagonia, y así impulsar desde Karukinka la biodiversidad en Tierra del Fuego y Chile, a partir de la investigación y educación allí generadas.

En Karukinka podemos investigar, probar, comprobar, descubrir y desarrolla novedosas herramientas que no sospechábamos, y con ellas contribuir a la conservación en el Cono Sur y el resto del mundo, fomentando políticas de manejo conjunto entre países y comunidades.

La sobrevivencia de nuestra especie depende de la existencia de toda la variedad de organismos que pueblan nuestras tierras y mares, y en Karukinka están a la vista. Directa o indirectamente todo lo que comemos, respiramos, bebemos, vestimos o usamos proviene de la biodiversidad. Y, como nunca antes, enfrentamos la pérdida masiva de esta: sus especies y poblaciones, y los procesos ecológicos que ellas realizan.

En Karukinka la biodiversidad austral aún está prácticamente intacta. Y podemos observarla, recuperarla, disfrutarla y proyectarla.